miércoles, 25 de febrero de 2015

El primer guionista de la historia fue una mujer

Corría la década de 1910 y el cine tenía unos quince años de vida. Meliès había comenzado a investigar la ciencia ficción con su Viaje a la luna (1902), se había descubierto el primer plano, y el montaje aparecía tímidamente en Life of an American fireman (1903) de Porter. Hollywood empezaba a nacer como la meca del cine debido a las caras patentes de Edison, que obligaban a los cineastas a huir a la lejana California para poder rodar sin rendir cuentas abusivas.

Todo esto es, en más o menos medida, de sobra conocido.

Lo que no se dice es que Hollywood fue construido por mujeres.

Antes de que el cine fuese considerado un arte respetable era visto como una diversión para la clase obrera, por lo que no se veía con buenos ojos trabajar en películas. De esta manera, Hollywood lo construyó gente que no era aceptada en ninguna otra profesión: inmigrantes, judíos y mujeres. Y es por ello que la mitad de las películas antes de 1925 fueron escritas por mujeres.

Antes de 1912 las películas consistían en acciones individuales, como por ejemplo El estornudo (1894) de Fred Ott. Pero entonces una secretaria de la productora de Léon Gaumont a la que dejaban "jugar" con los aparatos cinematográficos después del trabajo demuestra que sabe y que puede. Y lo hace muy bien. Tan bien que Alice Guy-Blaché se convierte en la primera directora y hasta ahora la única mujer propietaria de un estudio de cine y en la primera guionista, hombre o mujer, de la historia al crear tramas dramáticas por primera vez con su película La fée aux choux (1896), semanas antes de la incursión en el cine de George Meliès. Sus historias denotan una gran sensibilidad poética, prueba de ello es su película Falling Leaves (1913), en la que una niña oye al doctor decir que su hermana morirá antes de que caigan las hojas y sale afuera para intentar atarlas. Guy-Blaché además fue la primera en usar grabaciones con un gramófono al mismo tiempo que las imágenes y la productora de una de las primeras películas a color, la primera persona en utilizar efectos especiales, usar la doble exposición del negativo, las técnicas de retoque, la cámara lenta y rápida y el movimiento hacia atrás. Dirigió, produjo y supervisó más de 600 películas, que tocaban todos los géneros. Fue la primera persona que dirigió una película en la que todos los protagonistas eran negros (Un tonto y su dinero, 1912) y además jugó un papel clave en la producción de las primeras películas sonoras.
Alice Guy se trasladó a Estados Unidos, donde otras mujeres comenzaban a cambiar la forma de hacer cine.

Una de las directoras más innovadoras fue Lois Weber. Como ejemplo, su película Suspense (1913) (que protagoniza ella misma), en la que una mujer está en casa con su bebé, oye a un intruso, mira por la ventana, y la directora muestra lo que la mujer ve en un magnífico plano subjetivo ladeado, algo que no se había hecho hasta entonces. La mujer llama por teléfono a su marido y Weber divide la pantalla en tres para mostrar tres acciones a la vez (recordemos que estamos en 1913 y esto supone algo inédito hasta entonces). El marido coge un coche y va seguido por la policía, esto se muestra en un original plano del espejo retrovisor por el que se ve a la policía. La película se rodó años antes que El nacimiento de una nación (1915) o Intolerancia (1916), ambas del considerado como inventor del lenguaje cinematográfico D.W. Griffith, aunque vemos que en Suspense de Weber hay atisbos de este lenguaje. Esta podría ser una razón para que injustamente esta película se atribuyera durante años a Griffith, un hombre.
En la figura del guión, aparte de Alice Guy, otras mujeres fueron pioneras. Frances Marion fue una figura aún más importante. Fue la guionista, hombre o mujer, mejor pagada de 1915 a 1935, y la única mujer que ha ganado dos Oscar como guionista, por The big house (1930), el primer drama carcelario en ser rodado, y The champ (1931), una película de boxeo. Esto demuestra que las historias no tienen género, que no por ser escritas por una mujer deben ser dirigidas sólo a mujeres o contar historias románticas. Mujeres como Frances y otras como Adela Rogers St. Johns, Bess Meredyth o Anita Loos eran la élite de los guionistas. A ellas recurrían Thalberg y Mayer (los dos principales productores de la época, directores de la Metro Goldwyn Mayer) cuando tenían grandes producciones.

Con las películas sonoras, el precio de los rodajes se disparó. Fue ahí cuando Wall Street entró en escena. Con la llegada del dinero se empezó a pagar mejor, el cine se vio como un negocio serio y los hombres coparon esos puestos. Y no sólo los puestos, sino la historia. Borraron a las pioneras, más interesadas en el arte, la investigación, y la innovación que en la riqueza y sus nombres rara vez se enseñan en las escuelas de cine. Los libros hablan de una historia sesgada y protagonizada por hombres, dejando en el olvido la imprescindible figura de muchas mujeres sin las que el cine tal y como lo conocemos ahora no existiría.
Esta discriminación continúa hoy en día, donde la mujer, el género que inventó la acción dramática en cine, supone sólo el 22% de los guionistas en Estados Unidos y el 19,7% en España. Por supuesto, con sueldos más bajos que los de sus compañeros varones.





(Las fuentes a las que he recurrido para poder contrastar mis conocimientos y así elaborar el post de manera fiel son: los comentarios de la historiadora Cari Beauchamp para The story of film: an odyssey, la web http://www.uhu.es/cine.educacion/cineyeducacion/figurasaliceguy.htm de Enrique Martínez-Salanova Sánchez y los porcentajes aportados por CIMA)

viernes, 23 de enero de 2015

Alegato ecologista de Victor Hugo

Los Miserables es una obra de Victor Hugo conocida no sólo por sus valores literarios, sino también por su denuncia de la miseria, la pobreza y la explotación, su reflexión sobre el bien y el mal y su defensa de la democracia, del poder del pueblo y de la igualdad de todos los hombres con un reparto justo de la riqueza.
A pesar de ser una novela del siglo XIX, los valores sobre los que reflexiona son totalmente contemporáneos y, lamentablemente, su denuncia es igual de necesaria y aplicable que entonces. Pero aparte de lo ya conocido, resulta curioso en su lectura descubrir un alegato ecologista en uno de sus capítulos finales, más sabiendo que en 1862 aún era pronto para saber las consecuencias para el medio ambiente de la Revolución Industrial y no existían problemas tan graves como actualmente.
En este extracto se observa cómo Victor Hugo, a modo de visionario, defiende la utilización de desechos para convertirlos en algo útil, un reciclaje del que incluso propone un mecanismo de funcionamiento, a la vez que critica la indiferencia de la sociedad por la contaminación y el gasto económico que ello conlleva.

La ciencia, tras haber andado a tientas mucho tiempo, sabe hoy que el abono que mejor fecunda y resulta más eficaz es el abono humano. (…) Una gran ciudad es la estercoladora más poderosa. Utilizar la ciudad para abonar la llanura sería un éxito seguro. Nuestro oro es estiércol, pero en cambio nuestro estiércol es oro. ¿Qué hacemos con ese estiércol de oro? Lo arrastramos hacia el abismo. (…) Si todo el abono humano y animal que desperdicia el mundo se lo devolviéramos a la tierra en vez de tirarlo al agua, bastaría para dar de comer al mundo. 
(…) Es todo el mundo muy dueño de desaprovechar esa riqueza y, además, muy dueño de pensar que digo ridiculeces. Será la obra maestra de su ignorancia.
Calculan las estadísticas que sólo Francia vierte e invierte todos los años en el Atlántico, por la desembocadura de sus ríos, un depósito de quinientos millones. Tomemos buena nota de lo siguiente: con esos quinientos millones podrían cubrirse las tres cuartas partes de los presupuestos del Estado. Los hombres son tan hábiles que prefieren quitarse de encima esos quinientos millones tirándolos al arroyo. (…) Cada uno de los hipidos de nuestra cloaca nos cuesta mil francos. Con dos resultados: la tierra empobrecida y el agua apestada. (…)
Un aparato de doble tubería, dotado de válvulas y de esclusas de limpieza, que aspirase y expulsase, un sistema de drenaje elemental, tan sencillo como los pulmones humanos, que funciona ya a pleno rendimiento en varias comunas inglesas, bastaría para traer a nuestras ciudades el agua pura de los campos y enviar a nuestros campos el agua enriquecida de nuestras ciudades; y ese fácil vaivén, el más sencillo del mundo, dejaría en casa los quinientos millones que tiramos fuera. Pero nadie piensa en eso.
(…) Cuando el drenaje, con su doble función, devolviendo lo que toma, haya sustituido en todas partes a las alcantarillas, que son un simple lavado empobrecedor, entonces, combinándolo con los datos de una economía social nueva, se multiplicará por diez el producto de la tierra y el problema de la miseria se verá atenuadísimo. (…) Entretanto, la riqueza pública se va al río e impera el despilfarro. Despilfarro es la palabra. Y así se arruina Europa, extenuada.
(…) Así es como, con la ceguera de una mala política económica, ahogan el bienestar común y dejan que se lo lleve la corriente y se pierda en los abismos. 
 

lunes, 21 de julio de 2014

Prueba y ensayo

Tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre

repetido tantas veces que deja de tener sentido

tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre
tu nombre

Ya no significas nada.

viernes, 16 de mayo de 2014

martes, 11 de marzo de 2014

Manual del vacío

Introduzca el dedo índice en la cavidad protectora hasta rozar con su yema el exterior resbaladizo y gelatinoso del objeto a herir. Coloque el dedo en posición perpendicular al objeto y manténgalo lo más recto posible, para conseguir una perforación óptima.
Sienta el calor autárquico y las pulsaciones ignorantes. Memorice el compás del objeto y sígalo con su dedo. Una vez que su índice haya mimetizado el movimiento, aprovéchelo para presionar con toda su fuerza, de manera que quiebre la superficie semiesférica con sencillez.
Investigue con la punta del dedo el interior del objeto y realice movimientos circulares para ampliar el agujero recién construido. Una vez que haya amoldado la medida del orificio a la de su dedo, clave éste en el objeto ayudándose de movimientos secos, intensos y breves (para un efecto aún más satisfactorio, segregue palabras punzantes al tiempo que ejerce los movimientos).

Observe el gesto y aguarde la deformación muscular, y sólo (esto es importante) sólo cuando el grito se abra paso, penetre y arranque.

viernes, 24 de enero de 2014

Te recuerdo.

Como recuerdo el olor del mar en mi cuerpo bañado por el sol un día de agosto. Como recuerdo el número de pasos que hay hasta tu puerta. Como recuerdo la lluvia mojando mi pelo, que hacía que se pegara a mi cara como si el agua lo fundiera con la piel.

Mi mente se empeña en olvidar el presente y obviar el futuro, quedándose a vivir en las imágenes punzantes que alimentan la agonía de vivir de lo vivido para no afrontar a mi nuevo yo, que se actualiza cada segundo.

Mi pasado es tu caricia habladora, y mi futuro es tu ausencia. Llegado este punto, comprendo que ahora no tengo presente, que es una mezcla del fue y del será, que no puedo caminar hacia delante, porque el tiempo es una cinta andadora que produce movimiento, pero permanece estática.

La única salida es cerrar los ojos y abstraerme indefinidamente, para dejar que el tiempo se recupere de su revolucionario estado vegetativo y me agarre del brazo para presentarme amablemente a mi futuro, que no te conoce, y en un ejercicio de inventar paradojas, olvidar el recuerdo, tu recuerdo.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Excepción

El pico ascendente de doce meses en línea cabizbaja.
El blanco que tiñe de gris oscuro un año destinado a terminar negro.
El conversor del 2013 en par.
La realidad de un abril pensado para ser enero. La fantasía de un diciembre en flor.
El golpe en el pecho que reanima los latidos.
La verbalización de aquello que se creía perdido.
El recuerdo de un tiempo para olvidar.
El deseo de tu presencia monopolizando trescientos sesenta y cinco nuevos días.

Mi excepción.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Es difícil imaginar que un instrumento de plástico puede estimular y contener una vocación basada en la imaginación, y es mucho más complicado  pensar que incluso puede materializarla. Pero cuando tienes nueve años y tus padres te regalan por navidad una máquina de escribir, los límites desaparecen y sólo queda el sonido del rodillo al golpearlo para cambiar de línea.




En una etapa en la que la fantasía era más veloz que las manos, unos botones pesados de teclear y con facilidad para atascarse no suponían un obstáculo en absoluto. Este aparato, mitad juguete, mitad instrumento, fue el testigo de mis primeras historias, cuya ingenuidad e imperfección eran directamente proporcional a la ilusión con la que la tinta marcaba el folio. Su cinta, nunca cambiada, es la confidente silenciosa de las letras que tatuaban un papel que predecía un futuro ahora cumplido tras una pantalla, de una manera mucho menos romántica que entonces, y al observarla a trasluz como si del negativo de una película se tratara, la memoria se hace presente, de manera que aquel heredero millonario sigue preguntándose quién mató a su padre, o el extra de esa revista literaria vuelve a editarse, o incluso se prepara de nuevo el guión radiofónico de un solo programa.
Mi primera máquina de escribir, esta frágil caja de letras que aún conservo con un cariño melancólico,  fue el campo de pruebas de mis primeros escritos, fue la compañera con la que pasaba tardes enteras dejando de lado otros juguetes más propios de niñas de mi edad, practicando, sin saberlo aún, lo que sería de mayor.

Dieciocho años después, las teclas que manejo ya no son rojas, y no hay ningún ruido al terminar la línea, pero continúo jugando sin parar a inventar historias, dedicando ya no sólo las tardes, sino mi vida y mi profesión a ello, al ritmo de la banda sonora de mi infancia: la hipnotizante repetición de un clac.



jueves, 31 de octubre de 2013

Felicitaciones a destiempo

Hoy serían muchos años, pero ahora me miras con ojos jóvenes desde otro lado. Yo te sonrío en el vacío, y me reduzco veinte centímetros y dos lustros para volver a admirarte hacia arriba, no como ahora, de forma abstracta e interrogante, sino de la manera palpable y segura con la que me cogías de las manos y yo me subía a tus pies para aprender el ritmo de tu primavera, esa que olía a celuloide quemado y a tela con cola.


Dos pasos adelante, tres hacia atrás y media vuelta.


Y cuando piense en ti siempre me estarás abrazando una noche húmeda y salada de agosto en una pista de baile.