Plus ça change…: Crinolina o miriñaque
Hace 10 años
François Truffaut: ¿Está a favor de enseñar cine en las universidades?
Alfred Hitchcock: Sólo con la condición de que enseñen el cine desde Méliès y que los alumnos aprendan a hacer películas mudas, ya que ésta es la mejor manera de practicar. Hablar de cine, a menudo sirve simplemente para introducir el teatro en los estudios. El peligro es que la gente joven, e incluso los adultos, normalmente creen que uno puede convertirse en director sin saber cómo hacer un decorado, o cómo montar.
François Truffaut: En su opinión, ¿una película debería evocar la pintura, la literatura o la música?
Alfred Hitchcock: El principal objetivo es despertar las emociones del espectador y que esas emociones surjan de la manera en que la historia se va desarrollando, de la manera en que las secuencias se yuxtaponen. A veces, tengo la sensación de que soy un director de orquesta; el sonido de una trompeta corresponde a un primer plano y un plano general corresponde a una orquesta completa tocando un acompañamiento mudo. Otras veces, utilizando los colores y las luces de un bonito paisaje, me siento un pintor. Por otro lado, soy precavido con la literatura: un buen libro no significa necesariamente una buena película.
Pero, en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia.
(...) Y esas obviedades son, a fin de cuentas, las que vienen a recordarnos (entre otras muchas instancias culturales) estos festivales y estas filmotecas; es decir, que la cultura y la expresión artística no saben de conveniencias ni de intereses industriales, que el buen cine no lo imponen los nombres ya consagrados sino las buenas películas, que es preciso mantener y apoyar las instituciones públicas capaces de abrir espacios a la pluralidad, a la expresión creativa más exigente (por minoritaria que ésta resulte a veces), a la programación independiente de los intereses industriales o políticos.
Y conviene recordar todo esto precisamente ahora, cuando de nuevo se intenta poner en cuestión la independencia de las instituciones culturales y de su trabajo a largo plazo (…).
Es preciso recordar, en definitiva, que segarle la hierba bajo los pies a estas instituciones es una forma como otra cualquiera de suicidio cultural.