lunes, 28 de enero de 2013

La timidez invisible

Tuvo varios nombres a lo largo de su vida, como Esa o ¿Quién?, aunque su favorito era cuando nadie la nombraba. Vivía en la última fila de todos los sitios y se le cerraban todos los círculos. Le gustaban las espaldas, porque era lo que siempre veía, y prefería conversar con los ojos, pues la voz le parecía un accesorio innecesario.

Tras años de silencios, disminuciones subjetivas de tamaño y demoliciones de su lado izquierdo, adquirió el poder de la invisibilidad, y la gente empezó a comportarse como si no estuviera delante. Al ignorar su presencia, trataban sin ser conscientes temas que de otra manera habrían ocultado tras una sonrisa opaca, y así su poder le proporcionó una gran ventaja: observar la vida y ponerla a disposición de su cabeza. Tan contenta estaba con su nuevo estado transparente que a veces olvidaba que había activado su invisibilidad y podía permanecer semanas totalmente etérea, lo que suponía una molestia, sobre todo cuando las puertas automáticas no se abrían si intentaba entrar en algún sitio.

Con el tiempo, empezó a sentirse mejor cuando usaba su poder que cuando estaba en reposo, se convirtió en una toxicómana emocional de ese privilegio, y mostrarse empezó a causarle dolor, por lo que llegó un día en que usó su invisibilidad y no volvió a invertirla; así que cuando ya anciana, murió, no tuvo funeral, ni llantos, ni anécdotas manoseadas que pudieran recordar. Nadie supo de su muerte, porque perfeccionó tanto su poder que al final nadie estuvo seguro de su existencia.

lunes, 21 de enero de 2013

Fotografía de un atardecer

Cuando el cielo se incendia, arden también sus espectadores, bañados por la luz roja de unas llamaradas que anuncian el fin de un ciclo de veinticuatro horas.

miércoles, 16 de enero de 2013



A veces me disfrazo de personajes en blanco y negro que pasean acompañados de hombres que fuman Lucky y llevan sombrero. Pero cuando toca mirarse al espejo, mi imagen me dice que ni estoy en los Campos Elíseos, ni vendo periódicos, ni ningún pretendiente quiere que le acompañe a Roma.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Los inviernos que no se incendian deberían suprimirse de los años contados. En su caso, todos fueron gélidos, blancos y escarchados, así que al final de su vida sólo existió la primavera.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Siete días

Sumergirse en aguas silenciosas con más luces que sombras, intentando alcanzar el vacío que se vuelca por las burbujas que se forman al expulsar el aire sólido. Nadar y no sentir la frialdad líquida, sino una calidez brumosa que va notificando a las extremidades que todo alrededor se espesa y adquiere tonalidades neutras. El instinto lleva a agarrar el equivalente al clavo (que no arde) de este lado negativo de la superficie, y al aferrarse a él, ser consciente de que la mano sujeta el agua sólida y oscura que atrapa al desconcertado buzo, segundos antes de pestañear en morse una súplica que hace eco.

lunes, 10 de diciembre de 2012


Esa mañana, se levantó en su fotografía. No podía darle la vuelta para evitarla, pues era consciente de que el marco era él mismo. Tomó sus pastillas para el dolor matutino – tengo que comprar otra marca – pensó, - la indiferencia que prometen no aparece por ningún lado -.  Se dirigió a la cocina y cogió la lista de la compra que estaba pegada con un imán de promoción.

Tijeras 
Pegamento
Pastillas de indiferencia
Cuerda
Chocolate

Junto a “pastillas de indiferencia” escribió “otra marca” para acordarse cuando llegase a la farmacia.

Se vistió de manera automática con la ropa que eligió la noche anterior, cogió la cartera y salió a la calle. La mañana era espléndida, de las que a él le gustaban: azules y amarillas, de esas que repelen los cuerpos artificiales que estamos obligados a llevar seis meses al año. Pero a pesar del regalo que la meteorología le hacía, sentía que el día no hacía juego con él.

Malditas pastillas.

Se dirigió a la tienda de barrio más cercana. Nunca le gustaron las tiendas de barrio, le resultaban demasiado íntimas e incompatibles con la timidez, por eso, se apresuró a coger todo lo que necesitaba evitando preguntar al dependiente, que observaba con atención sus movimientos, pues no había nadie más allí dentro y no fuera a ser que en un descuido uno de sus productos resbalara y evitara el suelo cayendo en uno de sus bolsillos.
Cuando al fin salió de la tienda notó cómo descendían sus niveles de ansiedad. El suspiro de alivio que lanzó hizo las veces de pistoletazo de salida y sus pies comenzaron a moverse en dirección a la farmacia. Era consciente de que junto a su portal había una, pero decidió entrar en la que hacía esquina tres calles más allá, ya que siempre prefirió los caminos enrevesados a los directos.  - Así me va, convertido en pastillero para adormecer latidos que me gritan lo que ya sé y no quiero oír -, pensó.


-       Pastillas de indiferencia, por favor.
-       ¿Qué marca?
-       ¿Cuáles tiene?
-       Nos quedan “Lamarcadesiempre” y “Otramarca”
-       Déme “Otramarca”


Con la caja de pastillas convenientemente envuelta por el farmacéutico para preservar la intimidad de lo que cada uno hace con su cuerpo, subió a su casa, y al entrar, pensó que la luz que se colaba en ella llenaba sus rincones de la misma manera que la frustración tapaba los suyos. Envidió cada habitación del piso, por poder vaciarse y llenarse, y en ese momento decidió comenzar con el plan.

Sacó las tijeras y agarró con la mano el nacimiento de la cuerda que crecía a la izquierda de su pecho. El pulso le temblaba, pero consiguió cortarla. Al otro extremo de la cuerda, unas calles más lejos, notó cómo ella caía de espaldas tras el cese de la unión.
Cogió la cuerda nueva y el pegamento y los guardó a buen recaudo, junto a una fotografía en negativo que presentaba una cara desconocida. Abrió el bote de chocolate que estaba en el fondo de la bolsa y observó un texto impreso en la tapa:

Indicado especialmente para soledad crónica y cortes dolorosos de liberación. No se registraron efectos secundarios. Puede causar retención de líquidos al impedir el llanto.

De pronto, empezó a sentir que se desbordaba, que se caía por dentro. La amputación comenzó a sangrar y se asustó. Desenvolvió a toda prisa la caja de pastillas y las echó todas en el bote de chocolate, que comió compulsivamente, pero cuando tocó el fondo con la cuchara, su cabeza dejó de responder y se mareó. Intentó levantarse para coger el teléfono, para llamarla y decirle que aunque las putas pastillas esta vez sí han hecho efecto, no iba a olvidarla, pero sus piernas se habían convertido en unas columnas de papel arrugado, por lo que tropezó con la mesa que presidía el salón y cayó inconsciente sobre su fotografía velada.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Pies

Recostada sobre muelles, espuma y tela, recorro con mi vista ciega los surcos de mi cuerpo. Voy palpando cada pelo, cada lunar, cada vena en relieve, cada célula, cada cicatriz en forma de relato breve. Y llego al antagonista del pensamiento, a la materialización de mi azotea abstracta, a mi apoyo silencioso.

Como un ciego absorto en una novela en braille, toco las zonas hundidas, los resaltos, las curvas, sus huecos. Mis manos son jóvenes, pero sus complementarios opuestos reflejan toda una vida, una enciclopedia de historias y de suelos amantes, y pienso que en realidad los ojos no son el espejo del alma, que si el futuro se lee en las manos, el pasado puede reconocerse más abajo, que todo lo que he caminado formó las arrugas de mis pies. Cada mirada, cada saludo, cada voz, cada caricia subcutánea, cada zumo interpersonal. Y al tocarlo siento las cosquillas de los recuerdos, y un reflejo nervioso sacude el final de mi extremidad...

... y me vuelvo vieja de repente. Las arrugas narradoras de mi pie se alargan como raíces de un árbol centenario y recorren todo mi cuerpo hasta las puntas de mis manos, en las que el futuro se ha hecho grano, que he regalado al cansado caminante que ahora habita en ellas, que no sabe del mañana, pero que graba en relieve cada paso, para tener la certeza de su existencia y no olvidar que su camino supuso el cambio del caudal de las vidas que se cruzaron con su bastón peregrino.


miércoles, 7 de noviembre de 2012

(...) Leonard Cohen, el poeta, vivía al otro lado del pasillo. Pensé que podía ser bonito que conociera a Edie. Estaba metido en el rollo del incienso y las velas, y leía muchos libros de la librería esotérica de la calle Veintitrés para aprender cómo colocar las velas según el concepto místico de los budistas. Quemaba toneladas de incienso. A los del hotel Chelsea no les hacía mucha gracia. Siempre estaban intentando echarle. Quemaba algo que hacía muchísimo humo y como el vestíbulo se llenaba de humo, tenían que estar llamando continuamente a los bomberos.
Lo llevé a que conociera a Edie. Zoë, la amiga de Edie, se había quedado dormida en el suelo. Se le había pasado el efecto de las anfetas y se había caído sobre un tubo de pegamento que se reventó (...) Edie estaba hablando por teléfono. Tenía un gato con ella. Era hijo del gato de Bob Dylan y su nombre era Smoke. Llevé a Leonard Cohen a ese rollo. Lo que más le interesó fueron las velas que Edie tenía alineadas en la repisa de la chimenea. En cuanto las vio empezó a preocuparse. Me dijo: "No sé si debo decírselo o no, pero esas velas están colocadas de una forma que desprenden un influjo maligno. Fuego y destrucción. No tendría que tontear con estas cosas porque tienen mucha importancia." Era todo muy complejo. Tenía que ser alguien muy metido en el arreglo de velas y en las velas de vudú haitianas para saberlo. Pero cuando Leonard se lo dijo a Edie, ella contestó que era una estupidez y que sólo eran velas. ¿Es irónico, verdad? O sea, su vida estaba llena de advertencias. Muy poco tiempo después, su habitación se incendió y el gato desapareció.


Danny Fields en Edie, biografía de Edie Sedgwick escrita por Jean Stein y George Plimpton.

lunes, 29 de octubre de 2012

Recordar, del latín recordari, que se compone a su vez de re- (de nuevo) y -cordis (corazón).

Recordar significa mucho más que tener presente a alguien en la memoria, significa "volver a pasar por el corazón".



Nadador: que nada.





El nadador que nada una y otra vez por el corazón.