viernes, 16 de mayo de 2014

martes, 11 de marzo de 2014

Manual del vacío

Introduzca el dedo índice en la cavidad protectora hasta rozar con su yema el exterior resbaladizo y gelatinoso del objeto a herir. Coloque el dedo en posición perpendicular al objeto y manténgalo lo más recto posible, para conseguir una perforación óptima.
Sienta el calor autárquico y las pulsaciones ignorantes. Memorice el compás del objeto y sígalo con su dedo. Una vez que su índice haya mimetizado el movimiento, aprovéchelo para presionar con toda su fuerza, de manera que quiebre la superficie semiesférica con sencillez.
Investigue con la punta del dedo el interior del objeto y realice movimientos circulares para ampliar el agujero recién construido. Una vez que haya amoldado la medida del orificio a la de su dedo, clave éste en el objeto ayudándose de movimientos secos, intensos y breves (para un efecto aún más satisfactorio, segregue palabras punzantes al tiempo que ejerce los movimientos).

Observe el gesto y aguarde la deformación muscular, y sólo (esto es importante) sólo cuando el grito se abra paso, penetre y arranque.

viernes, 24 de enero de 2014

Te recuerdo.

Como recuerdo el olor del mar en mi cuerpo bañado por el sol un día de agosto. Como recuerdo el número de pasos que hay hasta tu puerta. Como recuerdo la lluvia mojando mi pelo, que hacía que se pegara a mi cara como si el agua lo fundiera con la piel.

Mi mente se empeña en olvidar el presente y obviar el futuro, quedándose a vivir en las imágenes punzantes que alimentan la agonía de vivir de lo vivido para no afrontar a mi nuevo yo, que se actualiza cada segundo.

Mi pasado es tu caricia habladora, y mi futuro es tu ausencia. Llegado este punto, comprendo que ahora no tengo presente, que es una mezcla del fue y del será, que no puedo caminar hacia delante, porque el tiempo es una cinta andadora que produce movimiento, pero permanece estática.

La única salida es cerrar los ojos y abstraerme indefinidamente, para dejar que el tiempo se recupere de su revolucionario estado vegetativo y me agarre del brazo para presentarme amablemente a mi futuro, que no te conoce, y en un ejercicio de inventar paradojas, olvidar el recuerdo, tu recuerdo.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Excepción

El pico ascendente de doce meses en línea cabizbaja.
El blanco que tiñe de gris oscuro un año destinado a terminar negro.
El conversor del 2013 en par.
La realidad de un abril pensado para ser enero. La fantasía de un diciembre en flor.
El golpe en el pecho que reanima los latidos.
La verbalización de aquello que se creía perdido.
El recuerdo de un tiempo para olvidar.
El deseo de tu presencia monopolizando trescientos sesenta y cinco nuevos días.

Mi excepción.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Es difícil imaginar que un instrumento de plástico puede estimular y contener una vocación basada en la imaginación, y es mucho más complicado  pensar que incluso puede materializarla. Pero cuando tienes nueve años y tus padres te regalan por navidad una máquina de escribir, los límites desaparecen y sólo queda el sonido del rodillo al golpearlo para cambiar de línea.




En una etapa en la que la fantasía era más veloz que las manos, unos botones pesados de teclear y con facilidad para atascarse no suponían un obstáculo en absoluto. Este aparato, mitad juguete, mitad instrumento, fue el testigo de mis primeras historias, cuya ingenuidad e imperfección eran directamente proporcional a la ilusión con la que la tinta marcaba el folio. Su cinta, nunca cambiada, es la confidente silenciosa de las letras que tatuaban un papel que predecía un futuro ahora cumplido tras una pantalla, de una manera mucho menos romántica que entonces, y al observarla a trasluz como si del negativo de una película se tratara, la memoria se hace presente, de manera que aquel heredero millonario sigue preguntándose quién mató a su padre, o el extra de esa revista literaria vuelve a editarse, o incluso se prepara de nuevo el guión radiofónico de un solo programa.
Mi primera máquina de escribir, esta frágil caja de letras que aún conservo con un cariño melancólico,  fue el campo de pruebas de mis primeros escritos, fue la compañera con la que pasaba tardes enteras dejando de lado otros juguetes más propios de niñas de mi edad, practicando, sin saberlo aún, lo que sería de mayor.

Dieciocho años después, las teclas que manejo ya no son rojas, y no hay ningún ruido al terminar la línea, pero continúo jugando sin parar a inventar historias, dedicando ya no sólo las tardes, sino mi vida y mi profesión a ello, al ritmo de la banda sonora de mi infancia: la hipnotizante repetición de un clac.



jueves, 31 de octubre de 2013

Felicitaciones a destiempo

Hoy serían muchos años, pero ahora me miras con ojos jóvenes desde otro lado. Yo te sonrío en el vacío, y me reduzco veinte centímetros y dos lustros para volver a admirarte hacia arriba, no como ahora, de forma abstracta e interrogante, sino de la manera palpable y segura con la que me cogías de las manos y yo me subía a tus pies para aprender el ritmo de tu primavera, esa que olía a celuloide quemado y a tela con cola.


Dos pasos adelante, tres hacia atrás y media vuelta.


Y cuando piense en ti siempre me estarás abrazando una noche húmeda y salada de agosto en una pista de baile.

viernes, 4 de octubre de 2013

Cuatro (más equis)

Nací un dieciséis de marzo de 1960 en los Campos Elíseos. Los coches se amontonaban, las voces se alzaban, los Lucky Strike poblaban las bocas del noir postizo, la modernidad bullía...
Abrí mis ojos ante la intuición de una revolución joven y corrí lejos del abrazo materno gritando mis primeras palabras: 


viernes, 27 de septiembre de 2013

Durante la tediosa pesadez de la nada ocurren diversas visiones que se observan desde la lejanía interior del yo automatizado. Una de ellas consiste en mares cerrados que gotean sin hacer ruido y lo cubren todo de espuma, opacando cualquier atisbo de elemento cristalino. Son mares angustiosos, con un horizonte vertiginoso y vacío, cuyas aguas te absorben al tocarte, transformándote en ansiosas olas que nunca terminan de romper, dejándote junto a una orilla inalcanzable.

martes, 10 de septiembre de 2013

Ser o no ser - Ernst Lubitsch -





“Esto es una comedia seria”, dice al inicio de Ser o no ser el director de la obra teatral que están preparando los protagonistas. Toda una declaración de intenciones que Ernst Lubitsch pone en boca de uno de sus personajes para dejarle claro al público que el nazismo y la guerra son cosas muy serias, pero es necesario hacer burla de ellas para demostrar que estamos por encima de la barbarie. Y esto, la sátira, es lo que el director alemán propone en su trabajo más reconocido, una película compuesta por varias capas que la convierten en una suerte de muñeca rusa en lo que resulta ser una obra dentro de la obra.

En lo que se aprecia como un contraste entre la transparencia de su narrativa formal (perteneciente al Hollywood clásico) y la complejidad de su propuesta temática, Lubitsch crea varios estratos que se incluyen unos a otros y van de lo particular a lo general. En un primer término nos encontramos con la relación de la pareja protagonista, una primera obra dentro de la obra, en la que el matrimonio de Joseph Tura (Jack Benny) y Maria Tura (Carole Lombard) actúan más en su vida sentimental que sobre el escenario, fingiendo que su amor es más grande que sus egos, y, en el caso de ella,  fingiendo además lealtad en su matrimonio mientras coquetea con el joven teniente Stanislav Sobinski, a quien Joseph Tura señalará inconsciente pero muy acertadamente al mirarle mientras recita “he aquí el problema” durante su actuación en Hamlet. Pero si observamos bien advertiremos que esta subtrama se encuentra envuelta por una trama mayor con acento alemán y bigotes cuadrados. Aquí se establece la ridiculización del monstruo (personificado en este caso por los miembros del partido nazi) y es cuando se mezcla el teatro con lo real, la ficción aplicada a la realidad en favor de la comedia en la construcción del paripé de los protagonistas para evitar que los nazis obtengan información privilegiada. En este caso se establece con el público una dualidad, ya que son espectadores de teatro y de cine al mismo tiempo, se les equipara con Maria Tura en su papel de espía doble, puesto que el espectador asiste a una puesta en escena también doble,  la de la propia película y la que ponen en marcha los personajes.

Pero existe otra duplicidad en la película, y se aprecia ya desde el título, que resulta toda una declaración de intenciones en lo que respecta al fondo de este largometraje: Ser o no ser. Porque en el filme, nadie es quien dice ser, es y no es al mismo tiempo, parece o no parece; están en guerra,  hay dos bandos, y tienen que posicionarse en un lado u otro. Ya desde el inicio, y a través de un recorrido por los carteles con diferentes nombres polacos, Lubitsch deja claro que la apariencia y la etiqueta serán elementos indispensables en la película:  se puede ser Joseph Tura, Hamlet o el coronel Edhardt, dependiendo del cartel que cuelgue en ese momento. Y precisamente esa inclinación de los personajes a ser quienes no son y demostrarlo a través de la caracterización lo recogerá el discípulo aventajado y más famoso de Ernst Lubitsch, otro alemán, Billy Wilder, en películas como Con faldas y a lo loco (1959) o Irma la Dulce (1963).

Pero si hay una obra dentro de la que se desarrollan todas las demás, esa es la II Guerra Mundial. Lubitsch trata la guerra como una pieza teatral, con soldados dirigidos por un dramaturgo megalómano llamado Adolf Hitler, y lo hace satirizándola, que es una de las maneras más inteligentes de tratar una barbarie. La ridiculiza y humilla valiéndose del humor, una de las herramientas más poderosas para transmitir el dolor, puesto que el dolor es uno de los ingredientes principales de la comedia, y en el caso de Ser o no ser está presentado en grandes cantidades. Aunque en este caso es el tiempo, el otro ingrediente cómico estrella, el que se ha encargado de etiquetar este trabajo de Ernst Lubitsch bajo el único cartel que no aparece físicamente en la película: el de obra maestra.