martes, 8 de marzo de 2011

Y una noche impar de esas que últimamente ganan por mayoría, te da por recordar ese contacto horizontal que tenía el don de proporcionarte una seguridad ilimitada. Ese en el que el calor que emanaba su piel te susurraba que no te podía pasar nada, que todo estaba bien, que estabas a salvo.
Y con la sensación de protección ya interiorizada, los párpados se rendían a la gravedad y la conciencia te abandonaba en un viaje de ocho horas.

Lo recuerdas. Y el recuerdo te produce el efecto contrario de ese abrazo a oscuras, a pesar de que sea tan nítido que casi puedes sentirlo como a un miembro fantasma. Pero aunque hayas retenido en tu memoria esa sensación como si la hubieras vivido recientemente, descubres que la única diferencia reside en que al darte la vuelta para responder, la realidad te recibe adoptando la textura de tus sábanas.

martes, 1 de marzo de 2011

Rayuela

La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores.
En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo (...), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar.
Y porque se ha salido de la infancia (...) se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato. (...) Una piedrita y la punta de un zapato, eso que la Maga había sabido tan bien y él mucho menos bien (...)


Julio Cortázar

martes, 22 de febrero de 2011

Siempre había tenido la habilidad de abstraerse en las discusiones. A pesar de los gritos, el sentido auditivo estaba cubierto por una gruesa capa de indiferencia, y la voz cada vez más aguda chocaba con su mirada hueca y se transformaba en un zumbido.

Decidió entonces concentrarse en el rostro que gestualizaba de forma exagerada frente a ella: estaba enmarcado por una melena cada vez más corta, escasa y quebradiza, como la ilusión, los sueños, las ganas, la vida. Los años le habían robado el color, sustituido por mezclas químicas, hermanas de los ingredientes que componen el tinte del alma, pues ésta se vuelve cana con el paso de los años.
En sus ojos se había instalado el cansancio, que había esculpido su mirada, transformándola de tal forma que resultaba complicado atisbar los restos de la sonrisa ocular que empeñó para correr con los gastos de unas circunstancias impuestas. La comisura de sus labios había adoptado la forma de la gráfica de su vida, constituyendo una línea descendente cada vez más fina.

Quiso dejar paso a la observación general, y apareció ante ella un espejo con aspiraciones de futurólogo que portaba un panfleto con pequeñas anotaciones sobre un pasado. La cara que tenía ante ella había sido hermosa, pero la cirugía de los acontecimientos la deformaron con el bisturí de las malas elecciones hasta transformarla en una caricatura cansada de lo que fue.
Las arrugas que le surcaban el rostro eran demasiado profundas para su edad, y estaban estratégicamente colocadas atendiendo a las emociones y sentimientos que la habían gobernado estos últimos años: en la frente, la preocupación, en los ojos, el llanto, y en la boca, los numerosos cigarros con significados no interpretados.

Un sentimiento de angustia la invadió al ver su muy probable futuro, pues a pesar de que se había jurado no ser como ella, en el fondo sabía que se parecía más de lo que hubiese deseado.
Ante el asombro y el enmudecimiento repentino de los repetitivos gritos vacíos, se dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Abrió el cajón que contenía su equilibrado desorden y cogió el aparato que le permitiría retener su personalidad no violada aún por la urgencia del tiempo. Quería saber quién era y quería mantenerlo, quería ser una heroína, la primera persona en vencer al auto-olvido.

Click.

martes, 8 de febrero de 2011

Siempre pensó que el mar era de color verde...





... hasta que un día descubrió que era azul oscuro.

jueves, 3 de febrero de 2011

Viento

Cuando el aire se enfurece y viaja a la velocidad de la luz por toda la ciudad, sus habitantes enloquecen.

Las sonrisas son lacrimógenas, las palabras bonitas se gritan y los insultos se convierten en susurros. Los llantos provocan carcajadas y la preocupación, cosquillas.

Todos están preocupados por este fenómeno que desordena su segura monotonía. El viento entra por la oreja derecha y remueve todos los pensamientos; luego, cuando escapa por la oreja izquierda, el mundo del afectado está patas arriba.

Los animales también están desconcertados, no saben si salir de sus guaridas o permanecer en ellas. Llueve, luego hace sol, inmediatamente después nieva, el sol asoma de nuevo para luego esconderse y dejar paso a los granizos, que poco a poco se convierten en lluvia, en nieve, y finalmente el sol vuelve a salir.


Sólo nos queda bailar bajo la lluvia, cerrando los ojos para no deslumbrarnos por el sol mientras pensamos en si el muñeco de nieve que vamos a hacer llevará gorro o no.


Viva la locura que trae el viento.

miércoles, 26 de enero de 2011

Tener ganas de todo esto

Lo completo, más un añadido. El añadido que es tu reflejo con otro nombre, otra cara, otro tamaño. Pero el interior es idéntico. Por eso es un reflejo, porque puedes ver lo más importante.

Esto te permite ver el sol en una tarde borrascosa. Te permite sentir mayo en el enero más duro y nevado. Te permite volver a sonrojarte, bajar la mirada y quejarte de tu cuerda estomacal. Un extraño dolor que te encanta, como cuando te haces un piercing.

Vuelve a instalarse el largo plazo con música de piano.


Y las agujetas faciales.

lunes, 17 de enero de 2011

(...) No es que falten buenas historias. Es que hay que saber cómo contarlas. Y cómo montarlas. Es una pena porque en los viejos tiempos lo que importaba eran las historias. Un director era un artesano que hacía películas. Lo que contaba era más importante que su ego. Hoy, por desgracia, tenemos ordenadores.



(Ernest Borgnine)

viernes, 7 de enero de 2011

Érase una vez una niña en cuyo interior guardaba una habitación oscura. En ocasiones, la habitación crecía mucho, y otras veces se hacía tan pequeña que casi ni la sentía.
Un día la habitación empezó a aumentar su tamaño. La niña no le dio importancia, pues pensaba que tarde o temprano volvería a empequeñecer, como pasa siempre.
Pero esto no sucedió, y la habitación oscura fue haciéndose cada vez más grande, hasta volverse incontrolable, y se comió a la niña.

Érase una vez una habitación muy oscura en cuyo interior habitaba una niña.

martes, 4 de enero de 2011

Cinema italiano

Uno de los grandes misterios del siglo XX es el de la desaparición del cine italiano. Lo natural hubiera sido que Rossellini, De Sica, Lattuada, Visconti, Antonioni, Fellini, Pasolini, Monicelli, Risi, Lina Wertmüller y otra docena más, hubiesen creado escuela. Era lo que parecía apuntar en Marco Bellocchio o en el Bertolucci que llega hasta Novecento, y en no pocos más jóvenes, que se prometían ser la generación sustitutiva. Pero no. Bertolucci se convirtió en un director de consumo, capaz de hacer lo mismo que hacen los buenos artesanos de Hollywood, los cuales abundan. Vancini, tras su ruptura crítica con la izquierda, fue debilitándose y terminó una serie para la televisión: La Piovra. Scola también se ha ido desvaneciendo a partir de La famiglia, su última gran obra, de 1987. Los otros murieron. Dejaron un legado importante, una obra de la que hay que aprender y sin la cual el cine de hoy, en todo el mundo, sería imposible [...] Por ejemplo, Deconstructing Harry sería inconcebible sin Ocho y Medio. Probablemente no haya nada que lamentar, pues, debido a la discontinuidad del cine italiano, a menos que uno sea italiano y nacionalista, el cine, todo el cine, se continúa en todo el cine, se ruede donde se ruede.

Horacio Vázquez-Rial